GENEAL había llevado a sus seis hijos —cinco niñas y un varón— a pasar las vacaciones en casa de unas amistades que vivían en la región norteña del estado de Nueva York. Un día las niñas decidieron ir al pueblo. El hijo, Jimmy, y otro chico preguntaron si podían ir de excursión. A los muchachos se les dijo que tuvieran mucho cuidado y que regresaran temprano por la tarde.
Hacia el final de la tarde los muchachos aún no habían regresado. “Mientras más tarde se hacía, más me preocupaba —recuerda Geneal—. Me imaginaba que quizás uno de ellos estuviera herido y que el otro no quería dejarlo solo.” La búsqueda continuó durante toda la noche. Temprano la mañana siguiente fueron hallados, y los temores de todos de que había sucedido lo peor quedaron confirmados... los muchachos se habían matado debido a una caída. Aunque ya han pasado diez años de esto, Geneal explica: “Jamás olvidaré el momento en que aquel policía entró en la casa. Él tenía el rostro sumamente pálido. Yo sabía lo que me iba a decir aun antes que él dijera una sola palabra”.
¿Cómo se sintió ella? Los sentimientos que se experimentan son más intensos que los sentimientos comunes que acompañan a otras pérdidas. Geneal explica: “Yo di a luz a Jimmy. Él solo tenía 12 años de edad cuando murió. Tenía toda su vida por delante. He sufrido otras pérdidas en la vida. Pero el sentimiento es diferente cuando una es madre y se le muere un hijo”.
La muerte de un hijo se ha descrito como “la pérdida máxima”, “la muerte más devastadora”. ¿Por qué? El libro Death and Grief in the Family explica: “La muerte de un hijo es tan inesperada. Es algo fuera de lugar, no es natural. [...] Los padres esperan cuidar de sus hijos, mantenerlos fuera de peligro, y criarlos para que lleguen a ser adultos saludables y normales. Cuando muere un hijo, es como si de repente se abriera la tierra bajo los pies de uno”.
En ciertos aspectos, ésta es una experiencia particularmente difícil para la madre. Después de todo, como lo explicó Geneal, alguien que había salido de ella ha muerto. Por eso en la Biblia se reconoce la congoja amarga que puede sentir una madre (2 Reyes 4:27). Por supuesto, también éstos son momentos difíciles para el padre de la criatura que ha muerto. Él también siente el dolor, la pena. (Compárese con Génesis 42:36-38 y 2 Samuel 18:33.) No obstante, a menudo él se abstiene de expresar abiertamente sus emociones por temor de parecer poco varonil. Puede que también le duela el que otros expresen mayor preocupación por los sentimientos de su esposa que por los de él.
A veces los padres que han perdido a un hijo llegan a experimentar un sentido particular de culpabilidad. Quizás piensen: ‘¿Pude haberlo amado más?’, ‘¿Le dije con suficiente frecuencia cuánto lo amaba?’, y: ‘Debí haberlo tomado en brazos más a menudo’. O quizás se sienta como Geneal, quien dijo: ‘Hubiera querido haber pasado más tiempo con Jimmy’.
Es natural que los padres se sientan responsables de su hijo. Pero a veces los padres que han sufrido la pérdida de un hijo se culpan a sí mismos porque les parece que pudieran haber hecho algo para impedir la muerte de su hijo. Por ejemplo, la Biblia describe cómo respondió el patriarca Jacob cuando se le hizo creer que un animal salvaje había matado a su hijo joven llamado José. Jacob mismo había mandado a José a que averiguara si sus hermanos se hallaban bien. Por eso quizás lo atormentaban sentimientos de culpabilidad como: ‘¿Por qué mandé a José solo? ¿Por qué lo envié a una zona donde abundan las bestias salvajes?’. Por eso “todos los hijos y todas las hijas [de Jacob] siguieron levantándose para consolarlo, pero él siguió rehusando recibir consuelo”. (Génesis 37:33-35.)
Como si el haber perdido a un hijo no fuera suficiente, algunos informan que sufren otra pérdida... pierden a sus amigos. Puede que los amigos realmente dejen de visitarlos. ¿Por qué? Geneal comentó: “Muchas personas esquivan a uno porque no saben qué decirle”.
Cuando muere un bebe
Juanita sabía lo que era perder a una criatura. Para cuando tenía poco más de veinte años de edad, ya había sufrido cinco abortos no provocados. Ahora estaba nuevamente encinta. Por eso, cuando tuvo que hospitalizarse debido a un accidente automovilístico, era comprensible que estuviera preocupada. Dos semanas después le empezaron los dolores de parto... prematuramente. Poco después de esto nació la pequeña Vanessa... que pesaba casi un kilo (poco más de 2 libras). “¡Yo estaba tan emocionada! —recuerda ella—. ¡Por fin era madre!”
Pero su felicidad duró poco tiempo. Cuatro días después Vanessa murió. Juanita recuerda: “Me sentía muy vacía. Había dejado de ser madre. Me sentía incompleta. Era doloroso para mí regresar a la casa y ver la habitación que habíamos preparado para Vanessa y las camisetitas que yo le había comprado. Durante los meses subsiguientes, estuve reviviendo el día del nacimiento de mi hija. No quería tener nada que ver con nadie”.
¿Fue ésta una reacción extrema? Quizás a otras personas se les haga difícil comprenderlo, pero aquellas que, como Juanita, han pasado por dicha experiencia explican que se acongojaron por la muerte de su bebé tal como si se tratara de alguien que hubiera vivido más tiempo. Ellas explican que, mucho antes que la criatura nazca, sus padres la aman. Cuando esa criaturita muere, es una verdadera persona la que ha muerto. Se desvanecen las esperanzas que tuvieron los padres de cuidar de la criaturita que estuvo moviéndose en el vientre de la madre.
Se puede entender por qué, después de haber sufrido esa pérdida, la madre que acaba de perder a su criatura tal vez se sienta incómoda en presencia de mujeres embarazadas y de madres con sus hijos. Juanita recuerda: “Yo no podía tolerar el ver a una mujer encinta. De hecho, hubo ocasiones en que hasta salía de una tienda sin haber terminado de comprar, sencillamente porque veía a una mujer encinta”.
También se experimentan otros sentimientos... como temor (‘¿Podré alguna vez tener un hijo normal?’), vergüenza (‘¿Qué diré a mis amistades y parientes?’) o cólera. Bonnie, cuya hijita murió dos días y medio después de haber nacido, recuerda: “Había veces que pensaba: ‘¿Por qué me ha sucedido esto a mí? ¿Por qué a mi hijita?’”. Además, a veces se experimenta humillación. Juanita explica: “Había madres que salían del hospital con sus bebés, y todo lo que yo tenía era un animal de peluche que mi esposo había comprado. Me sentí humillada”.
Si usted ha perdido a un ser amado en la muerte, puede serle provechoso saber que lo que usted está experimentando es normal, que otras personas han pasado por lo mismo y han experimentado sentimientos como los de usted.
Estas palabras son parte de Hebreos 13:16, un pensamiento biblico que me recuerda lo bueno e importante de compartir con otros, espero que les guste lo que aqui puedan encontrar
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martes, 6 de julio de 2010
sábado, 3 de julio de 2010
¿Les tiene miedo a los muertos?
“¡CLARO que no! —tal vez responda usted—. Los muertos no pueden hacerme nada.” Pero ¿sabía que hay millones de personas que sí les tienen miedo? En muchas zonas del mundo —entre ellas algunos países hispanohablantes— está muy extendida la creencia de que los muertos se convierten en espíritus y pueden volver del más allá.
Por ejemplo, en Benín (África occidental) se cree que los seres humanos tienen una parte espiritual que sobrevive a la muerte y puede regresar para matar a miembros de su propia familia. Muchas personas llegan a vender propiedades o hasta endeudarse para aplacar a los espíritus con ritos y sacrificios. Incluso hay quienes tratan de comunicarse con ellos a través de prácticas espiritistas. Y no es extraño que algunas personas vivan espeluznantes experiencias que atribuyen a seres de ultratumba.
Una de tales personas fue Agboola, quien vive cerca de la frontera entre Benín y Nigeria. Él cuenta: “Aquí el espiritismo está presente en todo aspecto de la vida. Existe la tradición de lavar ceremoniosamente a los difuntos a fin de prepararlos para el mundo de los espíritus. Yo aprovechaba el jabón que sobraba para mezclarlo con unas hojas y elaborar un ungüento. Luego, mientras lo untaba en mi rifle, decía en voz alta qué tipo de animal quería cazar. Este tipo de costumbres son comunes en esta región y parecían dar resultado. Sin embargo, el espiritismo también tiene otra cara, una mucho más aterradora.
”Como dos de mis hijos fallecieron en extrañas circunstancias, yo temía que alguien me hubiera lanzado un maleficio. Así que fui a consultar a un hombre mayor famoso por sus poderes mágicos. Él confirmó mis sospechas y me reveló algo aún peor: que los espíritus de mis hijos iban a convertirse en esclavos de su asesino cuando este muriera. También me dijo que a mi tercer hijo le pasaría lo mismo. Y, en efecto, mi hijo falleció pocos días después.”
Fue entonces cuando Agboola conoció a John, un testigo de Jehová de Nigeria que utilizó la Biblia para aclararle la verdad sobre los muertos. La explicación que recibió le cambió la vida, y lo mismo puede hacer con quienes viven esclavos de este tipo de creencias.
Ningún ser humano, por muchos poderes que afirme tener, está tan capacitado como Jehová Dios para contestar esta pregunta. ¿Por qué? Porque Él es el Creador de todos los seres vivos “en los cielos y sobre la tierra, las cosas visibles y las cosas invisibles” (Colosenses 1:16). Él creó a los ángeles para vivir en el cielo, y al hombre y los animales para habitar la Tierra (Salmo 104:4, 23, 24). Además, todas las formas de vida dependen de Dios (Revelación [Apocalipsis] 4:11). Por tanto, hacemos bien en analizar lo que su Palabra, la Biblia, dice acerca de la muerte.
Las Escrituras muestran que el primero en hablar de la muerte fue el propio Jehová: él les advirtió a Adán y Eva que si le desobedecían, iban a morir (Génesis 2:17). ¿Qué implicaría eso? Lo aclaró más tarde, al decir: “Polvo eres y a polvo volverás” (Génesis 3:19). Por tanto, cuando las personas mueren, su cuerpo se descompone y vuelve al polvo. En efecto, su vida termina por completo.
Adán y Eva decidieron rebelarse contra Dios, y se les sentenció a la pena capital. Sin embargo, los primeros en fallecer no fueron ellos, sino su hijo Abel, quien fue asesinado por su hermano mayor, Caín (Génesis 4:8). ¿Tenía miedo Caín de que su difunto hermano fuera a vengarse? No. Lo que le angustiaba eran las posibles represalias de las personas que sí estaban vivas (Génesis 4:10-16).
Veamos ahora otro ejemplo bíblico que ocurrió muchos siglos después. Ciertos astrólogos informaron al rey Herodes que dentro de sus dominios había nacido el “rey de los judíos”. Esta noticia le inquietó tanto que, para deshacerse de aquel posible rival, mandó asesinar a todos los niños varones de Belén menores de dos años. Pero no logró matar a Jesús, pues un ángel se le apareció a José y le dijo: “Toma al niñito y a su madre, y huye a Egipto” (Mateo 2:1-16).
Cuando Herodes murió, el ángel le indicó a José que volvieran a Israel, “porque [habían] muerto los que buscaban el alma del niñito” (Mateo 2:19, 20). Aquel ángel —que procedía del mundo de los espíritus— sabía que Herodes, una vez muerto, no podía hacerle ningún daño a Jesús. En efecto, José ya no tenía por qué temer a este rey. Pero sí tenía razones para tener miedo de su sucesor, Arquelao. Por eso se llevó a su familia a vivir a Galilea, fuera de la jurisdicción de este tiránico rey (Mateo 2:22).
¿Qué lección aprendemos de estos relatos? Que los muertos no pueden hacernos nada. Entonces, ¿cómo se explican experiencias como la de Agboola?
¿Espíritus de personas muertas, o demonios?
Años más tarde, Jesús tuvo varios encuentros con algunos espíritus malignos. Estos lo reconocieron y lo llamaron “Hijo de Dios”. Jesús también sabía quiénes eran ellos; no dijo que fueran espíritus de personas muertas, sino “demonios”, es decir, criaturas espirituales malvadas (Mateo 8:29-31; 10:8; Marcos 5:8).
En la Biblia no solo se menciona a estos seres espirituales que se han hecho rebeldes, sino también a otros que son fieles a Dios. En el libro de Génesis se habla de unos ángeles llamados querubines, que Jehová colocó al este del Edén para bloquear la entrada cuando expulsó de allí a Adán y Eva (Génesis 3:24). Según parece, esta fue la primera ocasión en que criaturas espirituales se hicieron visibles a los seres humanos.
Tiempo después, un número indeterminado de ángeles bajaron a la Tierra y adoptaron forma humana. Pero, en este caso, no fue Jehová quien los envió. Fueron ellos los que “abandonaron su propio y debido lugar” en los cielos (Judas 6). Sus intenciones eran egoístas: querían tener relaciones sexuales con mujeres. Al hacerlo, engendraron una raza de seres híbridos conocidos como nefilim. Tanto los ángeles rebeldes como sus hijos llenaron la Tierra de violencia y maldad (Génesis 6:1-5). Entonces Jehová decidió acabar con todas las personas malvadas —incluidos los nefilim— mediante un diluvio que cubrió de agua el planeta. Ahora bien, ¿qué les ocurrió a los ángeles rebeldes?
El Diluvio los obligó a regresar al mundo de los espíritus. Sin embargo, Jehová no les permitió recuperar “su posición original” (Judas 6). La Biblia señala que “Dios no se contuvo de castigar a los ángeles que pecaron, sino que, al echarlos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad para que fueran reservados para juicio” (2 Pedro 2:4).
¿Qué es el Tártaro? No es ningún lugar específico, sino el estado de humillación y degradación en el que se encuentran los demonios. Esta situación limita su actividad, por lo que ya no pueden materializarse. Con todo, siguen teniendo mucho poder para influir en la mente y la vida de las personas. También pueden entrar en seres humanos y animales para apoderarse de ellos (Mateo 12:43-45; Lucas 8:27-33). Además, pueden engañarnos fingiendo ser espíritus de personas muertas. ¿Con qué objetivo? Quieren hacernos creer que los difuntos siguen vivos para que participemos en prácticas que Jehová desaprueba y así nos alejemos de él.
Estas explicaciones bíblicas le parecieron muy razonables a Agboola. Como quería profundizar en el tema, aceptó la propuesta de John de estudiar la Biblia y otras publicaciones bíblicas. Para él fue un gran alivio aprender que sus hijos no se habían convertido en espíritus ni iban a ser esclavos de su asesino, sino que estaban descansando en la tumba (Juan 11:11-13).
Además, llegó a la conclusión de que debía cortar con el espiritismo de una vez para siempre. Por ello, quemó todos los objetos que tenía relacionados con el ocultismo (Hechos 19:19). Algunos vecinos le advirtieron: “¡Vas a enojar a los espíritus!”. Pero Agboola ya no tenía miedo. Él siguió el consejo de Efesios 6:11, 12: “Pónganse la armadura completa que proviene de Dios [...]; porque tenemos una lucha [...] contra las fuerzas espirituales inicuas”. ¿En qué consiste esta armadura espiritual procedente de Dios? Entre otras cosas, se compone de la verdad, la justicia, las buenas nuevas de la paz, la fe y la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios. Dicha armadura proporciona la mejor protección posible.
Al ver que Agboola había abandonado sus tradiciones espiritistas, algunos de sus parientes y amigos lo marginaron. Sin embargo, en el Salón del Reino de los Testigos de Jehová encontró amigos nuevos, personas que creen lo que la Biblia enseña.
Agboola ha aprendido que Jehová pronto limpiará la Tierra de toda maldad y restringirá por completo la actividad de los demonios. Finalmente, serán destruidos para siempre (Revelación 20:1, 2, 10). Además, sabe que Dios resucitará en la Tierra a “todos los que están en las tumbas” (Juan 5:28, 29). Millones de personas volverán a vivir, lo que incluye a Abel y a los niños inocentes que asesinó el rey Herodes. Agboola tiene fe en que sus tres hijos también resucitarán. Y lo mismo puede ocurrir con nuestros seres queridos que han muerto. Cuando vuelvan a la vida, los resucitados nos confirmarán que durante todo ese tiempo estuvieron totalmente inconscientes, y que ningún rito o ceremonia que se realizara a su favor tuvo efecto en ellos.
En resumen, queda claro que no hay razón para temer a los muertos. Lo que es más, tenemos la esperanza de volver a ver con vida a nuestros seres queridos que han fallecido. Mientras esperamos que llegue ese día, hacemos bien en estudiar la Biblia para fortalecer nuestra fe. También debemos relacionarnos con quienes creen lo que enseña la Palabra de Dios. Y es muy importante que dejemos inmediatamente cualquier práctica espiritista y que nos protejamos de los demonios con “la armadura completa que proviene de Dios” (Efesios 6:11). Para ayudar a quienes deseen dar estos pasos, los testigos de Jehová imparten cursos bíblicos sin ningún costo con el libro ¿Qué enseña realmente la Biblia?
En la actualidad, Agboola ha superado el miedo a los muertos y sabe cómo protegerse de los demonios. Él mismo cuenta: “No sé por qué murieron mis tres hijos. Pero desde que empecé a servir a Jehová, he tenido siete más, y ningún espíritu ha venido a hacerles daño”.
Por ejemplo, en Benín (África occidental) se cree que los seres humanos tienen una parte espiritual que sobrevive a la muerte y puede regresar para matar a miembros de su propia familia. Muchas personas llegan a vender propiedades o hasta endeudarse para aplacar a los espíritus con ritos y sacrificios. Incluso hay quienes tratan de comunicarse con ellos a través de prácticas espiritistas. Y no es extraño que algunas personas vivan espeluznantes experiencias que atribuyen a seres de ultratumba.
Una de tales personas fue Agboola, quien vive cerca de la frontera entre Benín y Nigeria. Él cuenta: “Aquí el espiritismo está presente en todo aspecto de la vida. Existe la tradición de lavar ceremoniosamente a los difuntos a fin de prepararlos para el mundo de los espíritus. Yo aprovechaba el jabón que sobraba para mezclarlo con unas hojas y elaborar un ungüento. Luego, mientras lo untaba en mi rifle, decía en voz alta qué tipo de animal quería cazar. Este tipo de costumbres son comunes en esta región y parecían dar resultado. Sin embargo, el espiritismo también tiene otra cara, una mucho más aterradora.
”Como dos de mis hijos fallecieron en extrañas circunstancias, yo temía que alguien me hubiera lanzado un maleficio. Así que fui a consultar a un hombre mayor famoso por sus poderes mágicos. Él confirmó mis sospechas y me reveló algo aún peor: que los espíritus de mis hijos iban a convertirse en esclavos de su asesino cuando este muriera. También me dijo que a mi tercer hijo le pasaría lo mismo. Y, en efecto, mi hijo falleció pocos días después.”
Fue entonces cuando Agboola conoció a John, un testigo de Jehová de Nigeria que utilizó la Biblia para aclararle la verdad sobre los muertos. La explicación que recibió le cambió la vida, y lo mismo puede hacer con quienes viven esclavos de este tipo de creencias.
¿Pueden los muertos hacernos daño?
Ningún ser humano, por muchos poderes que afirme tener, está tan capacitado como Jehová Dios para contestar esta pregunta. ¿Por qué? Porque Él es el Creador de todos los seres vivos “en los cielos y sobre la tierra, las cosas visibles y las cosas invisibles” (Colosenses 1:16). Él creó a los ángeles para vivir en el cielo, y al hombre y los animales para habitar la Tierra (Salmo 104:4, 23, 24). Además, todas las formas de vida dependen de Dios (Revelación [Apocalipsis] 4:11). Por tanto, hacemos bien en analizar lo que su Palabra, la Biblia, dice acerca de la muerte.
Las Escrituras muestran que el primero en hablar de la muerte fue el propio Jehová: él les advirtió a Adán y Eva que si le desobedecían, iban a morir (Génesis 2:17). ¿Qué implicaría eso? Lo aclaró más tarde, al decir: “Polvo eres y a polvo volverás” (Génesis 3:19). Por tanto, cuando las personas mueren, su cuerpo se descompone y vuelve al polvo. En efecto, su vida termina por completo.
Adán y Eva decidieron rebelarse contra Dios, y se les sentenció a la pena capital. Sin embargo, los primeros en fallecer no fueron ellos, sino su hijo Abel, quien fue asesinado por su hermano mayor, Caín (Génesis 4:8). ¿Tenía miedo Caín de que su difunto hermano fuera a vengarse? No. Lo que le angustiaba eran las posibles represalias de las personas que sí estaban vivas (Génesis 4:10-16).
Veamos ahora otro ejemplo bíblico que ocurrió muchos siglos después. Ciertos astrólogos informaron al rey Herodes que dentro de sus dominios había nacido el “rey de los judíos”. Esta noticia le inquietó tanto que, para deshacerse de aquel posible rival, mandó asesinar a todos los niños varones de Belén menores de dos años. Pero no logró matar a Jesús, pues un ángel se le apareció a José y le dijo: “Toma al niñito y a su madre, y huye a Egipto” (Mateo 2:1-16).
Cuando Herodes murió, el ángel le indicó a José que volvieran a Israel, “porque [habían] muerto los que buscaban el alma del niñito” (Mateo 2:19, 20). Aquel ángel —que procedía del mundo de los espíritus— sabía que Herodes, una vez muerto, no podía hacerle ningún daño a Jesús. En efecto, José ya no tenía por qué temer a este rey. Pero sí tenía razones para tener miedo de su sucesor, Arquelao. Por eso se llevó a su familia a vivir a Galilea, fuera de la jurisdicción de este tiránico rey (Mateo 2:22).
¿Qué lección aprendemos de estos relatos? Que los muertos no pueden hacernos nada. Entonces, ¿cómo se explican experiencias como la de Agboola?
¿Espíritus de personas muertas, o demonios?
Años más tarde, Jesús tuvo varios encuentros con algunos espíritus malignos. Estos lo reconocieron y lo llamaron “Hijo de Dios”. Jesús también sabía quiénes eran ellos; no dijo que fueran espíritus de personas muertas, sino “demonios”, es decir, criaturas espirituales malvadas (Mateo 8:29-31; 10:8; Marcos 5:8).
En la Biblia no solo se menciona a estos seres espirituales que se han hecho rebeldes, sino también a otros que son fieles a Dios. En el libro de Génesis se habla de unos ángeles llamados querubines, que Jehová colocó al este del Edén para bloquear la entrada cuando expulsó de allí a Adán y Eva (Génesis 3:24). Según parece, esta fue la primera ocasión en que criaturas espirituales se hicieron visibles a los seres humanos.
Tiempo después, un número indeterminado de ángeles bajaron a la Tierra y adoptaron forma humana. Pero, en este caso, no fue Jehová quien los envió. Fueron ellos los que “abandonaron su propio y debido lugar” en los cielos (Judas 6). Sus intenciones eran egoístas: querían tener relaciones sexuales con mujeres. Al hacerlo, engendraron una raza de seres híbridos conocidos como nefilim. Tanto los ángeles rebeldes como sus hijos llenaron la Tierra de violencia y maldad (Génesis 6:1-5). Entonces Jehová decidió acabar con todas las personas malvadas —incluidos los nefilim— mediante un diluvio que cubrió de agua el planeta. Ahora bien, ¿qué les ocurrió a los ángeles rebeldes?
El Diluvio los obligó a regresar al mundo de los espíritus. Sin embargo, Jehová no les permitió recuperar “su posición original” (Judas 6). La Biblia señala que “Dios no se contuvo de castigar a los ángeles que pecaron, sino que, al echarlos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad para que fueran reservados para juicio” (2 Pedro 2:4).
¿Qué es el Tártaro? No es ningún lugar específico, sino el estado de humillación y degradación en el que se encuentran los demonios. Esta situación limita su actividad, por lo que ya no pueden materializarse. Con todo, siguen teniendo mucho poder para influir en la mente y la vida de las personas. También pueden entrar en seres humanos y animales para apoderarse de ellos (Mateo 12:43-45; Lucas 8:27-33). Además, pueden engañarnos fingiendo ser espíritus de personas muertas. ¿Con qué objetivo? Quieren hacernos creer que los difuntos siguen vivos para que participemos en prácticas que Jehová desaprueba y así nos alejemos de él.
Cómo vencer el miedo a los muertos
Estas explicaciones bíblicas le parecieron muy razonables a Agboola. Como quería profundizar en el tema, aceptó la propuesta de John de estudiar la Biblia y otras publicaciones bíblicas. Para él fue un gran alivio aprender que sus hijos no se habían convertido en espíritus ni iban a ser esclavos de su asesino, sino que estaban descansando en la tumba (Juan 11:11-13).
Además, llegó a la conclusión de que debía cortar con el espiritismo de una vez para siempre. Por ello, quemó todos los objetos que tenía relacionados con el ocultismo (Hechos 19:19). Algunos vecinos le advirtieron: “¡Vas a enojar a los espíritus!”. Pero Agboola ya no tenía miedo. Él siguió el consejo de Efesios 6:11, 12: “Pónganse la armadura completa que proviene de Dios [...]; porque tenemos una lucha [...] contra las fuerzas espirituales inicuas”. ¿En qué consiste esta armadura espiritual procedente de Dios? Entre otras cosas, se compone de la verdad, la justicia, las buenas nuevas de la paz, la fe y la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios. Dicha armadura proporciona la mejor protección posible.
Al ver que Agboola había abandonado sus tradiciones espiritistas, algunos de sus parientes y amigos lo marginaron. Sin embargo, en el Salón del Reino de los Testigos de Jehová encontró amigos nuevos, personas que creen lo que la Biblia enseña.
Agboola ha aprendido que Jehová pronto limpiará la Tierra de toda maldad y restringirá por completo la actividad de los demonios. Finalmente, serán destruidos para siempre (Revelación 20:1, 2, 10). Además, sabe que Dios resucitará en la Tierra a “todos los que están en las tumbas” (Juan 5:28, 29). Millones de personas volverán a vivir, lo que incluye a Abel y a los niños inocentes que asesinó el rey Herodes. Agboola tiene fe en que sus tres hijos también resucitarán. Y lo mismo puede ocurrir con nuestros seres queridos que han muerto. Cuando vuelvan a la vida, los resucitados nos confirmarán que durante todo ese tiempo estuvieron totalmente inconscientes, y que ningún rito o ceremonia que se realizara a su favor tuvo efecto en ellos.
En resumen, queda claro que no hay razón para temer a los muertos. Lo que es más, tenemos la esperanza de volver a ver con vida a nuestros seres queridos que han fallecido. Mientras esperamos que llegue ese día, hacemos bien en estudiar la Biblia para fortalecer nuestra fe. También debemos relacionarnos con quienes creen lo que enseña la Palabra de Dios. Y es muy importante que dejemos inmediatamente cualquier práctica espiritista y que nos protejamos de los demonios con “la armadura completa que proviene de Dios” (Efesios 6:11). Para ayudar a quienes deseen dar estos pasos, los testigos de Jehová imparten cursos bíblicos sin ningún costo con el libro ¿Qué enseña realmente la Biblia?
En la actualidad, Agboola ha superado el miedo a los muertos y sabe cómo protegerse de los demonios. Él mismo cuenta: “No sé por qué murieron mis tres hijos. Pero desde que empecé a servir a Jehová, he tenido siete más, y ningún espíritu ha venido a hacerles daño”.
Un aborto espontáneo.... que hacer, que decir y que no decir
A veces es difícil saber con exactitud qué decir o hacer cuando un familiar o una amiga sufre un aborto. Puesto que no todas las personas reaccionan igual ante la pérdida de un hijo, no existe una fórmula fija para brindar consuelo y ayuda. Sin embargo, le pueden resultar útiles las siguientes recomendaciones.
Qué hacer:
- Ofrézcase a cuidar de los niños mayores.
- Prepare comida para la familia y llévesela.
- No se olvide del esposo. Como dijo un padre en cierta ocasión, “no se hacen muchas tarjetas para los padres que pasan por esta situación”.
◆ “Lamento muchísimo lo sucedido.”
Estas palabras sencillas significan mucho y pueden preparar el camino para ofrecer más consuelo.
◆ “No hay nada de malo en llorar.”
Durante las primeras semanas o incluso meses, se suele tener ganas de llorar. Asegúrele a su amiga o pariente que no va a dejar de quererla porque demuestre sus sentimientos.
◆ “¿Puedo llamarte la semana que viene para ver cómo estás?”
Es posible que al principio ella reciba muchas condolencias. Sin embargo, con el tiempo, las atenciones disminuyen aunque el dolor continúa. Puesto que pudiera pensar que se la ha olvidado, es bueno que sepa que usted todavía la apoya. Tenga en cuenta que, a veces, la pena dura semanas o meses, e incluso puede aflorar después de tener otro hijo.
◆ “No sé qué decir.”
Es mejor admitirlo que callarse. Su franqueza y su presencia revelan interés sincero.
Qué no decir:
◆ “Siempre pueden tener otro hijo.”
Aunque eso sea verdad, tal vez se entienda como una falta de empatía. Los padres no querían un hijo, querían ese hijo. Antes de pensar en otro, es muy probable que necesiten llorar su pérdida.
◆ “Lo más seguro es que tuviera algún defecto.”
Si bien es posible que fuera así, no es un gran consuelo, pues para la madre, su hijo siempre estuvo sano.
◆ “Al menos no conocías al niño. Hubiera sido mucho peor de haber ocurrido más tarde.”
La mayoría de las mujeres embarazadas establecen enseguida un vínculo con el hijo que llevan en la matriz, de modo que su muerte suele causarles un profundo dolor. Por otro lado, el que nadie “conociese” a la criatura como la madre intensifica dicho sufrimiento.
◆ “Por lo menos tienen otros hijos.”
Para los apenados padres, esto equivaldría a decirle a alguien que ha perdido un brazo que aún le queda otro.
Desde luego, no debemos olvidar que de vez en cuando hasta las personas más cariñosas y sinceras dicen algo inoportuno (Santiago 3:2). Por lo tanto, las mujeres sabias que han sufrido un aborto demuestran amor cristiano al no guardar rencor a quienes, con buenas intenciones, hacen un comentario desafortunado (Colosenses 3:13).
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